martes, 18 de marzo de 2008

Inmanencia, noción de la filosofía y la teología que consiste en la idea de que una fuerza inteligente y creadora, o el ser que gobierna el universo, impregna el mundo natural. La inmanencia es una doctrina fundamental del panteísmo que se opone a la trascendencia, y que sitúa esta fuerza inteligente y creadora fuera del mundo natural. Desde el punto de vista panteísta, todos los objetos del universo están impregnados por la infinita presencia divina. Sin embargo, en las religiones judeocristianas, Dios interviene en el universo, es decir, está presente y activo en el mundo natural y, al mismo tiempo, lo trasciende, es decir, siguiendo una metáfora figurativa, se eleva sobre el universo que ha creado.
INMANENCIA, TRASCENDENCIA Y FUNDAMENTO.
La lógica interna del Comentario a las Sentencias de Sto. Tomás de Aquino (*)
R. Alvira, A. J. G. Sison (eds.), "El Hombre: inmanencia y transcendencia", vol. 2 (Eunsa, Pamplona, 1992) 1021-1041

(*) El presente estudio persigue un fin sistemático y otro histórico, a los cuales vienen a corresponder texto y notas, respectivamente. Desde el punto de vista sistemático, pretende mostrar la relevancia que la unicidad del ser tiene para el desarrollo lógico de la Filosofía. En efecto: si el ser es fundamento único, un saber estricto de la realidad debe basarse en dicha noción absolutamente radical. De lo contrario, el saber del fundamento se torna estéril. Las ineludibles limitaciones de una comunicación sólo hacen posible mostrar aspectos básicos, que pueden perfilarse hasta cierto punto mediante la lectura de las notas. En éstas, y con fines históricos, se muestra que el desarrollo propuesto está contenido en Santo Tomás de Aquino desde el comienzo de su docencia. Por eso todas las citas pertenecen al Comentario a las Sentencias. Se han subrayado en las mismas algunos términos, resaltando así los aspectos más centrales para nuestro tema. Por lo demás, y aunque esto sea objeto de otro estudio, conviene señalar que esta "lógica interna" de Tomás de Aquino se basa en el Comentario al De divinis nominibus de San Alberto Magno, al que Sto. Tomás asistió como estudiante y quizás también como reportator. Allí, el acceso a Dios, Causa Universal, se propone mediante la noción de ser, predicado igualmente universal. Este carácter universal implica que, a diferencia de cualquier noción, el ser no puede ser negado: es único en cuanto tal. El ser de lo contingente, en consecuencia, ha de ser causado por el Ser Subsistente.



Quizás sea paradójico afirmar que el verdadero problema de inmanencia y trascendencia no estriba en cualquiera de los dos términos, sino en la cópula que reúne su diversidad. Es así, sin embargo, porque la clave del arco de toda verdadera Filosofía es la unicidad del fundamento, donde inmanencia y trascendencia deben ser armonizadas.
Toda diversidad real se funda en el ser, pues si lo diverso no es, no es diverso (1). Incluso la negación de lo real tiene, como negación, una actualidad en la mente. En consecuencia, el ser no puede fundarse ni explicarse en nada distinto de sí, pues necesariamente se caería en la tautología. El ser, en efecto, es el absoluto no susceptible de presupuesto, ya como causa, ya como razón suficiente (2). Nada hay más allá del ser donde pueda ser basado (3). Es patente, sin embargo, la diferencia real entre los entes. Y ésta, tal como la conocemos, no da plena razón de sí: requiere ser fundada, como tal diferencia, en el ser. Si sólo el ser no presupone una causa o razón, y si la diferencia presupone el ser, sólo cabe un principio absoluto -es decir, sin presupuesto- de conocimiento y realidad: el ser sin diferencia, que es aquel cuya índole infinita implica negar de él toda adición o condición: Dios (4). Mas, en cuanto que se llega a afirmar su existencia a partir de las diferencias y su negación, nuestro concepto, como infinitud privada por negación de dichas diferencias, es susceptible de que se le añada lo que se le negó, y está condicionado por tal negación. En consecuencia, nuestro modo de conocer a Dios no coincide con Su realidad infinita (5), que no puede estar privada de la realidad de lo diferente (6). Por eso el ser sin diferencia no es monista (7): no es el ser finito de cada ente en cuanto que sólo es tal ente, ni presupone la negación, sino que la funda (8); es Creador. Y, como tal, funda toda la realidad de las diferencias que conocemos, conteniéndolas en su ser infinito y sin diferencia. En consecuencia, las diferencias reales que conocemos son criaturas, y no el Creador (9), cuyo ser infinito no conocemos. Y este "no" es también creado.
Si Dios, como ser infinito, no es susceptible de adición alguna, entonces Dios es ser puro, y no hay más ser que el infinito. Las realidades que conocemos, cuya diferencia exige fundamentación, no están añadidas a Dios sino que son "como el punto a la línea .... que no la hace mayor" (10). Los seres creados, "en cuanto distintos de Dios, no son entes" (11), ni siquiera con la realidad de lo lógico-semántico (12), siempre susceptible de negación, pues "al sumo bien nada se le opone de modo privativo o contrario" (13). Y esto porque aunque la infinitud, que dice negación, sea constitutiva de nuestro concepto de Dios, no lo es de su ser (14), donde no cabe el respecto extrínseco a lo finito (de ahí que yerre Duns Scoto respecto al constitutivo formal de Dios) (15). La paradójica consecuencia es que las realidades diferentes entre sí que conocemos no son diferentes de Dios (16): "cada una en Dios es Su esencia" (17) y, a la vez, "comparado a Su esencia nuestro ser no es" (18). Mas, en tanto que Dios es Creador (19), son realmente diferentes entre sí sin presupuesto alguno al margen del ser como único fundamento (20).
Quizás nada sea tan ilustrativo a este respecto como un ejemplo. Una luz muy intensa contiene todos sus grados inferiores sin contener la diferencia entre dichos grados. Es decir, los grados o medidas de luz la diferencian sin poseer otra realidad que la luz misma que determinan (21). Aun siendo diferentes entre sí los grados de luminosidad, no son más que luz. Así también las esencias miden el ser finito de las criaturas (22) distinguiéndose formalmente, es decir, según su razón o grado (23), y no como realidad alguna o tercer estado aviceniano. De ahí que unas incluyan el ser de las otras, sin ser diferentes en el ente (24). Todo ente es así uno, y única es la forma sustancial, pues el fundamento es único (25).
Como medida del ser, la esencia no implica adición alguna al único fundamento (26). Consiguientemente, nada hay real en la criatura por lo que se diferencie de Dios (27): el fundamento, en efecto, es único y sin adición alguna de realidad (28). Mas, igualmente, la esencia como medida del ser participado, constitutiva de la criatura, comporta que lo que la criatura es no se identifica con el ser que participa (29). En este sentido la criatura tiene un ser propio formalmente diverso del ser divino, aun sin fundamento real de diferencia (30). Por su parte, la distinción entre las criaturas no se da respecto al ser, si cada criatura, en cuanto tal, es diversa del ser que participa. De ahí que nuestro punto de partida -la diferencia real que conocemos- no quede anulada por la no diferencia respecto a Dios. De este modo, el ser infinito (31) es el superesse creatum (32), es decir, el ser de la criatura salvo en su medida esencial (33), inmanente a la criatura en grado sumo por el ser (34), sumamente trascendente por su infinitud (35). Es así, también, que la creación como acto se identifica con Dios (36), sin que el ser participado de la criatura implique mengua para el acto creador o adición al ser divino (37). Igualmente, la creación es acto único de la diversidad de las criaturas (38) y, como Dios, infinita (39).
Ahora bien, si Dios crea como Dios, esto es, infinitamente, tal infinitud no debe entenderse sólo en términos de Creador, sino también en su necesaria relevancia para la criatura que es originada (40). Desde el limitado ser creatural, la infinitud de la creación como acto no es la privación: siendo el ser el único fundamento, la privación no es creada (41), ni explica la relevancia de la infinitud creadora para la criatura. En suma: si la creación es infinita, la criatura ha de ser en cierto modo infinita, y esto en el único respecto posible de fundamentación: el ser (42). Siendo así que sólo cabe una infinitud de ser -Dios mismo (43)-, se deduce que Dios no sólo crea el ser finito inmanente a la criatura como causa eficiente trascendental (44). Crea también más allá del ser creatural como causa final, es decir, como acto infinito de la criatura, pero extrínseco (45). También así es Dios el superesse creatum (46): el fin de la criatura es Dios, es decir, la Creación como acto infinito, según el cual no cabe adición o condición alguna a la criatura (47). La creación, como ser infinito, significa que Dios es fin de la criatura en cuanto criatura, es decir, en cuanto principiada en su ser (48). Esta trascendencia infinita inherente a la criatura comporta la superación del orden formal de la esencia en cuanto medida de la diversidad entre la criatura y el Creador (49). La infinitud trascendente de lo creado es el respecto de orden (habitudo ordinis) de la criatura al Creador (50).
Si tal es el estatuto propio y necesario de la criatura, su esencia no es sólo medida del ser finito o participado: es, más estrictamente, el grado de convergencia (o difracción) de ser y orden (51), de eficiencia y finalidad , de finitud e infinitud. Es así, pues, que toda esencia es naturaleza: dice un doble respecto a su origen y a su fin (52). La difracción esencial implica que en toda criatura hay una doble perfección transcendental: aquella por la que subsiste en sí, y aquella por la que se ordena más allá de sí (53). En cuanto a la primera, toda criatura es ente por la inmanencia de su ser (54). En cuanto a la segunda, trascendiendo a su ser, toda criatura es buena (55). La esencia o naturaleza es el grado de convergencia necesario de entidad y bondad transcendentales: ser más es ser mejor esencialmente. Por eso el ser intencional -de tendere in- pertenece a la cumbre de la jerarquía ontológica. La unicidad del fundamento, que exige transcenderse hacia el fin, garantiza igualmente la unicidad de la esencia. Tal carácter de convergencia de ser y orden según la esencia es, en efecto, la unidad ontológica (56).
La difracción esencial de ser y orden, de inmanencia y trascendencia, comporta la distinción de dos respectos causales extrínsecos -eficiencia y finalidad- de la criatura al Creador (57). Ahora bien, en tanto que la esencia no es añadido alguno al ser, la criatura, como se dijo, no es nada al margen del ser creador. Es decir, eficiencia y finalidad son respectos meramente creaturales, que se identifican realmente en Dios (58). Por tanto, única es la ordenación -o creación- según exitus y reditus, según ser inmanente y orden al ser trascendente (59). En efecto: si el ser es único fundamento, nada es el orden al ser , como tampoco el ente, al margen del ser mismo (60). Y si Dios es causa infinita, la eficiencia divina del ser finito creatural no puede ser finita (61). Por eso el bien, que de suyo no hace referencia al ser finito de la criatura (62), siendo -como el orden a lo infinito- más amplio que nuestra noción de ente, está incluido en esta misma noción (63).
Ser inmanente y orden trascendente, por tanto, no sólo convergen en su punto de difracción formal -en la esencia como principio de la unidad ontológica-. Ser y orden se unifican según una única causalidad creadora igualmente eficiente y final: Dios como causa ejemplar (64). Es decir: semejante a Dios por su ser, la criatura se distingue por ser finita y, consiguientemente, compuesta de su ser y esencia; semejante a Dios por la infinitud simple de su orden, se distingue de Él porque tal orden infinito no es actual (65). La semejanza más plena de la criatura al ser infinito se da según la unificación de ser y orden en virtud de la simplicidad divina (66). No se trata ya de la unidad ontológica según la esencia como punto de difracción de inmanencia y trascendencia. Es la verdad ontológica de la criatura en cuanto semejante a Dios por unificación de eficiencia y finalidad, de actualidad del ser e infinitud del orden, según la simplicidad creadora (67). La verdad del ente, en efecto, se da según todas las causas, y es, como tal, única (68).
Así pues, la esencia no sólo es la medida del ser participado; es, más propiamente, el grado de semejanza a Dios según la unificación trascendental (69) de eficiencia y finalidad (70), de ser y orden (71), de finitud e infinitud (72), en virtud de la cual la criatura es más o menos real (73) y semejante a Dios.
Como grado, la esencia no implica diferencia, pero sí diversidad (74): sólo Dios es ser infinito (75). Por tanto, en la medida en que el orden, en su unificación al ser, se actualiza y se hace inmanente a la esencia, pierde su simplicidad e infinitud transcendente (76). Paralelamente, a medida que el ser trasciende el límite esencial, infinitizándose, pierde su actualidad inmanente (77). Inmanencia y transcendencia, por tanto, se conjugan en la unicidad del fundamento.

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